viernes, 20 de junio de 2014

Macarrones, pollo y economía de guerra


¿Se puede preparar un plato exquisito con la nevera desolada y la despensa por el estilo? Se puede y os lo voy a contar. Vi el otro día que tenía un par de tristísimos filetes de pollo con los que no podía montar gran cosa y que se iban a echar a perder, entonces recordé una receta que había visto vete a saber dónde de pasta con berberechos naturales y una, que es muy lanzada, se dijo: pues nada, los berberechos los sustituyo ahora mismo por unas tiritas de pollo y el resto lo hago tal cual. Y qué feliz idea, porque estaba riquísimo y esta receta la haré muchas veces más si Dios quiere y me da salud, porque poco más se necesita para hacerla.

Si disponemos de:
2 filetitos de pechuga de pollo
3 o 4 dientes de ajo
Pimentón dulce, picante o una mezcla, al gusto, de ambos. Yo utilicé picante.
4 cucharadas de tomate frito (vale hacer trampa y utilizar uno de bote, no se nota. Los sibaritas, ya saben...)
Un alegrón de vino Montilla-Moriles.
Aceite
Sal
Pasta. La que tengamos. Si es fresca, mejor, claro. Yo utilicé macarrones secos corrientes y molientes.

Podemos empezar:
Cortamos, tras quitarles la poquilla grasa que tienen, los filetes de pollo en tiras. En una sartén, calentamos un fondo de aceite y doramos los dientes de ajo cortados en láminas. Cuando estén tostaditos, apartamos del fuego y añadimos el pimentón. Incorporamos el pollo en tiras, salamos y mezclamos. Volvemos a llevar al fuego (medio) y añadimos las cuatro cucharadas de tomate frito. Removemos y añadimos el vino. Podemos ya hervir la pasta. Entre calentar el agua y cocerla, tenemos el tiempo necesario de mimar la sartén con nuestro pollo y su exquisita salsa que irá espesando si la trabajamos con cariño y le vamos contando nuestras cosas. Ya sólo queda colar la pasta, servir y añadir por encima el pollo en su salsa. Si tenemos perejil fresco y la paciencia de picarlo pequeñito para adornar, entonces es que somos muy requeteapañadas. ¿O no?

Marido este plato con Sin blanca en París y Londres, de Orwell, por razones obvias. Sin blanca se puede comer de lujo. Sólo se necesitan ganas e imaginación. Por cierto, el libro lo recomiendo absolutamente y, aunque mi ejemplar tiene muchos años, creo que hay una edición bastante reciente de El Acantilado.



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