viernes, 22 de agosto de 2014

Gazpacho ¿oriental?

A veces experimentar algo por primera vez, así en la cocina como en la vida, no resulta a posteriori una idea muy feliz, pero otras nos da tan buenos resultados que sólo podemos lamentar no haber tenido antes la ocurrencia. A partir de ahora va a ser muy difícil que yo no prepare siempre así el gazpacho y creo que si lo probáis me daréis la razón. El jengibre (sí, sí, jengibre) le aporta un frescor increíble y ya os aviso que si lo dais a probar, nadie reconoce su sabor, pero os dirán que está riquísimo y muy, muy fresquito. Lo preparo sin agua para tomarlo con cuchara y guarnición, pero si lo queréis para tomar bebido sólo tenéis que añadir agua y ya está. De guarnición se le puede añadir lo que más os guste. Yo tenía unas gambas cocidas pequeñas pero muy sabrosas del mercado de Puerto Real que me había regalado mi madre (gracias, mami, nuestra más fiel y entusiasta seguidora) y que sólo tuve que pelar. Fue todo un acierto: a este gazpacho tan fresco le va mejor el marisco que el jamoncito de siempre. Y vamos a lo que vamos. Necesitaremos:

Un kilo de tomates maduros. Yo utilicé unos estupendísimos tomates pera de Conil del mercado de Feria, que además están casi regalados.
Media zanahoria si es mediana y un tercio si es grande. Es muy importante para suavizar la potencia del jengibre. No os aconsejo ensayar esta receta prescindiendo de la zanahoria.
Una punta de jengibre fresco.
Aceite.
Vinagre.
Sal.
Un diente de ajo pequeño o hermoso, al gusto. Dada la compañía del jengibre, os lo recomiendo en un término medio. 
Gambas cocidas y huevo duro para la guarnición.

Y empezamos:
Pelamos los tomates y los introducimos troceados en nuestra batidora. Añadimos la media zanahoria pelada y cortada en rodajas, así como el jengibre también pelado. De éste último yo utilizo lo que serían tres monedas de euro. Pelamos y quitamos el corazón del diente de ajo y lo añadimos también. Sólo falta añadir el aceite sin cicatería (casi un vaso está bien), el vinagre (yo cuento hasta diez mientras aprieto la botella) y el puñado de sal. Batimos pacientemente para que emulsione bien (unos nueve padres nuestros es buena medida) y ya podemos guardarlo en la nevera. Como siempre, está aún más rico de un día para otro. Justo antes de servirlo, picamos el huevo duro y pelamos las gambas. Ojalá os guste!



Por su frescura y atrevimiento, creo que marida muy bien con esta novela de Peter Cameron, por muy newyorkina que sea. Es más, estoy segura de que en Manhattan esta receta triunfaría. ¡Buenos son ellos para dejar pasar lo bueno!

2 comentarios:

  1. Probé el otro día el toque de jengible y la verdad es que estaba realmente bueno; el próximo día me lo pones con gambas, jejejj

    ResponderEliminar