domingo, 21 de septiembre de 2014

Relátame tus cosas



Hay barrios con vocación de familia y barrios que no. Afortunadamente, tan sólo con algo tan inexorable como el paso de los años, la inmensa mayoría acaban por pertenecer al primer grupo. El mío también. Qué suerte tengo: mi barrio es un Cranford (más detalles después). 



No sé si sabéis que hace unos días mi cocina y mi horno manifestaron una idiosincrasia completamente inoperante y yo andaba atacadita de los nervios. Llamé a un chapús con precios entrados en razón (honrado, se entiende) que me ha resuelto algún que otro problemilla en el pasado, y por teléfono me dijo que si la cocina y el horno estaban en el otro barrio, pero la luz del horno sí iba, lo mío tenía malísima pinta y él no lo sabía arreglar. Que, si al final acababa comprando una cocina y un horno nuevo, para la instalación si podía contar con él. Eso me puso muy triste y necesitaba un café, claro. Como no me lo podía preparar en casa, me acerqué al Relátame y antes de irme (menos mal) le pregunté a su dueño, Quini:
- ¿Tú no conocerás algún técnico de cocinas, por un casual?
- Pues no. ¿Qué te ha pasado?
Se lo conté todo de pe a pa, porque tenía unas ganas enormes de desahogarme, y me dijo, dándose la vuelta para poner otro café:
- El seguro del hogar.
A mí se me despertaron los demonios internos que todos tenemos aunque casi siempre, menos mal, adormecidos. Claro, ahora resulta que soy tonta y la solución era así de fácil. Pero disimulé a la perfección y con mi voz de persona normal le dije:
- Ya, pero eso el seguro no lo cubre.
- ¿Cómo que no? ¿Con quiénes tienes el seguro? ¿Por ejemplo con fulanitos de tal?
- ¡Caramba! (bueno, dije otra palabra en vez de caramba). Precisamente con fulanitos de tal.
- Pues llámalos, que te lo cubren.
- Que no, Quini, que yo tengo muy mala suerte y no puede ser tan sencillo. Además, lo sabría.
- ¿Tú te has leído la letra pequeña?
- No.
- Pues ya sabes. Que es que estamos atontaos y no conocemos nuestro derechos y muchos males que tenemos vienen de no leer...
¡Ay, Señor! Precisamente a mí, por no leer...
Total que, de vuelta en casita, como a mi me da una pena muy grande que me riñan (aunque sea una operadora a la que ni le importo ni le importaré, que ni me importa y que olvidaré), me hice un cigarrillo (¡de tabaco rubio normal, por Dios!), me cogí el libro con las condiciones generales de mi seguro y me puse a estudiar. Y, a medida que estudiaba, se me abrían más los ojos, se me ensanchaban los pulmones (ahí me di cuenta de que llevaba varios días respirando lo mínimo) y se me alegraba el corazón. Que sí, que no sólo lo tenía cubierto, sino que hasta dos veces al año (espero que no) me puede pasar ese infortunio. Entonces cogí el imán que tengo en la nevera con el 902 al que debo llamar para estas cosas, me metí en internet en una de las muchas páginas que hay para que te den el número normal (¡gracias!) y, en menos de lo que se tarda en pronunciar la palabra periquete, tenía el 91 tal, tal y tal al que podía llamar sin coste adicional con mi tarifa. ¡Ja! Aún así, no las tenía todas conmigo, que yo soy una de esas personas inclinadas a esperar lo peor para sus intereses, pero la señorita que me atendió tomó nota de todo, me dijo que me enviaba a un técnico y, de apoquinar, no dijo no mú.
Ahora viene la parte dos, porque yo soy muy de término medio para casi todo (o eso creo) y, claro, la limpieza de mi cocina es de término medio. Y también sé cómo es la condición humana de los técnicos de cocina, de los jueces y de los profesores: que nunca te comparan con lo peorcito, sino con lo mejorcito. ¡Ay, mami, me tenías que ver saliendo corriendo a comprar uno de esos quita grasas supercaros que también te limpian una provincia entera si te pones y un par de guantes (para no quemarme las manos, que yo no sé lo que le echan a esas cosas)! Pero no me importa, gracias al pudor social, mis fogones (que no estaban sucios, ojito) ahora son un ejemplo para el mundo, si el mundo se quisiera fijar.
Y ahora viene la parte tres que, aunque ha tenido un final súper feliz, a mi me ha dejado un sabor agridulce, qué le voy a hacer, soy así.
Unos días después (porque yo no podía antes, no por demora de ellos) llueve a cántaros y viene el técnico. Le explico la problemática y se pone a desencastrar el horno. Yo me di cuenta de que mi gato, que no se pierde una tarea doméstica hombro con hombro, lo miró raro, se subió al último peldaño de la escalera y desde allí controló todo el tiempo la intervención. Yo lo miraba como diciendo, sí, Billy, un poco seco sí que es. Además, ni me felicitó por la limpieza ni nada, pero bueno. Como era muy tenso compartir el mismo espacio pequeño así, sin mediar palabra, quise darle un poquito de conversación:
- ¿Ha podido aparcar bien?
- En doble fila.
Si las piedras de granizo hablaran, habrían entonado igual.
Billy me miraba como diciendo: 
- Te lo dije.
Total, que llegó a las 11:22 h, arregló la avería y me pidió que le firmara un parte donde se le había olvidado rellenar los espacios destinados a las horas de llegada y salida. Lo normal. En el parte ponía 250,00 euros y, como soy de natural curioso, inquirí:
- ¿Esto no va por mí, no?
- No, no, por supuesto. Firme aquí. 
Aunque sonó a: firme aquí de una puñetera vez. Pues firmé, recogió su bolsa y a las 11:49 h se marchó bajo el diluvio. Os lo prometo, aunque se me hizo eterno, fue rapidísimo y apunté las horas.
- Anda, tonto, baja, que no era para tanto, le dije a Billy y me puse a recoger lo poquito que había ensuciado.
Y, aunque en el Eclesiastés pone bien clarito que quien añade conocimiento, añade dolor, yo me dije: pues voy a volver a probar que está todo bien. Y enciendo la cocina y enciendo el horno, pero el horno no va. No hacía ni dos minutos que había salido nuestro hombre por la puerta, así que llamé por teléfono a la empresa y conté mi nuevo marrón. Me dicen que lo van a localizar y que no me preocupe. Treinta segundos, me vuelven a llamar para decirme que han hablado con él pero que se había marchado ya, que vuelve de nuevo a buscar aparcamiento (en doble fila). Seis minutos, la alegría de la huerta regresa y Billy vuela al último peldaño. Enciende el horno. Perfecto. A la primera.
- ¡No entiendo nada! Lo he intentado dos veces y no encendía.
- ¿Usted qué ha hecho? Con el tono normal que emplean los cubitos de hielo cuando hablan entre ellos.
- Le he dado a este botón.
- ¿Y a éste no?
- ¡Córcholis! No me acordaba, de verdad, hace meses que no utilizo el horno y no me acordaba que había que darle a los dos.
Me quería tele transportar a alguna isla chula o algún sitio así. Y sí, dije córcholis, porque no me daba ninguna confianza y porque se lo merecía.
(...) 
Silencio a mala leche.
- Lo siento muchísimo.
(...)
Recoge sus cosas. No me habla. 
- Lo siento de verdad.
- Más lo siento yo. 
Y se volvió a marchar bajo la lluvia.
Os lo juro. Yo he vivido tanto como él y he tenido cienes y cienes de veces muchísimas ganas de contestar lo mismo, pero me lo reservo para cuando sea muy mayor. Creo que, si vuelve a fallarme el horno, cojo un tutorial de Youtube y me busco la vida antes que verlo otra vez. ¡Qué apuro más grande! Pero ahora ya me puedo hacer un gazpacho tranquila (estos días no he querido, porque no soporto hacer nada por obligación si puedo evitarlo, así que me he alimentado con sándwiches, que para mí es algo exótico) y lo tengo todo muy limpio. ¿Somos una especie rara, verdad?
Ni qué decir tiene que no voy a dar el nombre de la aseguradora que me ha ahorrado algunas canas, por principios y porque mi religión me prohíbe hacer según qué publicidades. No me han regalado nada que yo no pague con mi cuota anual y, después de haber vestido de limpio al técnico, me da cosita. Igual es un buen hombre que esa mañana tuvo alguna mala noticia, se le recrudeció la úlcera o le duele el fémur cuando llueve. Yo qué sé, pero sobre mi conciencia, para nada...
Si os estáis preguntando a dónde lleva este paseíto (verídico, eso sí) por los cerros de Úbeda (qué bonita es Úbeda), os respondo enseguida: lleva al Relátame y a un libro extraordinario. 
El Relátame es un bar de Sevilla de los de toda la vida que reside en la calle Relator, 48, casi a la misma sombra de las columnas de la Alameda y de la basílica de la Macarena si tuviéramos dos soles así de equidistantes. Es pequeño (aunque, si nos organizamos, cabemos todos) y pone unos desayunos estupendos amén de unas tapitas y platos combinados como Dios manda. La cocina es cosa de Loli, la mujer de Quini. No puedo recomendaros nada en especial, porque todo me gusta. Suelo reincidir en las croquetas de setas (a Montse le chiflan también) y en el montadito de lomo y jamón. Cuando en cuaresma Loli hace leche frita, le hacemos la ola. Precios entrados en razón. Fuera, al refugio de un toldo, aprovechando el ensanche momentáneo de la calle, tres mesas con sus cuatro sillas cada una. En las mañanas más frías del invierno soy la única persona del mundo que las ocupa. Cuando el cielo jarrea y, a pesar del toldo, te calas toda, también. Yo creo que, fumando, nadie me gana a impertérrita y empedernida. Ojalá en otras cosas fuese yo tan contumaz...
Y llegamos al libro, que desesperáis por nada.


Elizabeth Gaskell entregó Cranford a la imprenta en 1853. Al parecer fue Dickens (gracias, Charles) quien la animó a escribirla. Aunque la Gaskell ya conocía el éxito, ésta llegó a ser la más popular de todas sus obras y yo digo: ¡ole! Si un pueblo, en este caso el inglés de la segunda mitad del siglo XIX, es capaz de elegir y disfrutar un libro como éste, ese pueblo (entonces, al menos) sólo puede ser güena gente. Cranford es un pueblito, un puñado de casas y sus almas contribuyentes y correspondientes (como nuestros barrios), habitado en su casi totalidad por viudas y solteronas. Cranford no es un alegato a la buena vecindad y a la solidaridad entre pares (en ese terreno podría chirriar), Cranford es la fotografía objetiva del extraordinario poder que llega a alcanzar una vecindad. La buena compañía, la atención, el cuido y el apoyo que se procuran entre quienes nacen, mueren y, en ocasiones, también viven a solas. Cranford es el retrato (ahíto de disciplina, de rigor y sin almibarar), de la vecindad sonora. Si aún no lo han leído, corran a hacerlo, por favor. Serán más felices mientras dure su lectura. A partir de ahí, ya es responsabilidad de cada cual y cada quien.  ¡Viva mi Cranford y viva el vuestro!



9 comentarios:

  1. Leyendo la entrada pensaba, ¿por qué no le preguntaría yo al Quini ayer para encontrar la tinta del calamar? jejeje Las croquetas de setas, de las mejores de Sevilla! Besito.

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  2. Pobrecita, la de vueltas que te hice dar! Cada vez que me acuerdo... Pero qué rico estaba el arroz negro de Carolina y Adriá!

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  3. Aquí solo me queda decir q me alegro q este arreglado tu horno y tu cocina, q brilla más q los chorros de oro. El libro lo intentare buscar en la biblioteca, este me lo leo seguro y hay q ir a probar esas croquetas no??? Jajajaja un beso a las dos.

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    1. Taro, se me ha olvidado contar que, según el técnico, la avería se debe a que la cocina y el horno se montaron en su día con cables más estrechos de lo que era pertinente.
      - Usted, ¿utiliza más de un fuego a la vez?
      - La verdad: casi siempre uno, a menudo dos y raras veces tres.
      - Pues no lo haga. Con la instalación que tiene, los fuegos, mejor de uno en uno.
      - ¡Sí, claro, precisamente ahora que tengo un blog! Chillé para mi misma. Y le dije que vale.

      Del libro también se me ha olvidado decir que tiene un sentido del humor tan tenaz como finísimo. Que es muy, muy divertido, vaya. Merece la pena que lo busques para tu biblioteca. No recuerdo si el precio es diez o doce euros, y la edición de Alba es una joyita. Sé que por allí no lo tienes fácil con las librerías, pero suele estar en la sección de libros de las grandes superficies a las que tampoco les vamos a hacer ni un poquito siquiera de publicidad. Besitos.

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  4. Bien Belén, a los seguros y a los bancos no hay que tenerles la menor de las consideraciones. Yo tuve una hermosa lid con mi seguro a cuenta de un ordenador que se me quemó por una subida de tensión en la red y con los bancos me las tengo tiesas al menor asomo de arbitrariedad, al punto de que he llegado a disfrutar con estas escaramuzas.
    Todos necesitamos un Relátame y un Quini al que acudir de vez en cuando.
    Sigue escribiendo

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  5. Al hilo de tu comentario del otro día, a mí las musas me tienes un poco abandonado y estoy de una inapetencia literaria y creativa que me tiene seriamente preocupado; pero todo pasa y en cualquier momento.......

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    1. Las musas son muy callejeras y les gusta darse un voltio de vez en cuando, pero siempre acaban, más pronto que tarde, por volver a casa. A lo mejor las tuyas se están haciendo una gastroruta, pero volverán. Yo también he aprendido con los años a tomarme las batallas con los todopoderosos como motivo de diversión. ¡Lo mejor es que, algunas, hasta las acabo ganando! Algún post de escaramuzas con los bancos estaría muy bien, ¿no crees? Y, además de reírnos, nos instruyes. Mil gracias de corazón por comentar y por tu consejo.

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  6. Me gusta mucho vuestros comentarios ,cariño sigue es escribiendo

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    1. No pienso defraudarte ni loca, mami. No sabes lo feliz que nos hace a las hermanas saber que nuestras cosas te divierten, conmueven, entretienen y estimulan. Saber que miras continuamente el móvil para ver si hemos publicado algo nuevo es un honor y una responsabilidad que nos encanta. TE QUIERO. TE QUEREMOS. Lo sabes. Y que te atrevas a comentar venciendo tu humildad: ¡Gracias!

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