martes, 16 de septiembre de 2014

Tila doble


Querido Dios, ¿por qué? ¿Tienes algún propósito, por inescrutable que parezca? ¿Será para bien? Comunícate, por favor. Me tienes en ascuas vivas. Va a ser mejor que os cuente desde el principio.






Resulta que hoy he llegado a Sevilla a mediodía sobre las tres pasadas, muy mala hora para aparcar ya, y a las cuatro todavía estaba yo dando vueltas con mi coche. No me quejo en absoluto, que para vivir donde vivo y sin garaje, aparco casi todos los días a la primera y me parece justo un poco de paciencia de vez en cuando. Así la ejercito y conozco gente, señoras mayores que perdieron el oído en alguna discusión, sobre todo. Porque donde vivo (yo también he adquirido el hábito sin darme cuenta), vamos todos caminando por el centro de la calle y nos apartamos cuando sentimos un coche. No lo hacemos por molestar, sino porque es muchísimo más cómodo ya que las aceras son muy estrechas, están hechas una pena y los dueños de los perros no se hacen cargo de ya sabemos qué. Y allá que voy yo todos los días buscando aparcamiento detrás de las señoras con sus bambitos pacá y pallá, como las bambalinas de los pasos de palio, que parece que voy detrás de la Macarena. Si no se apartan cuando estoy ya a treinta centímetros, rezo un padrenuestro rapidito (por darles tiempo, no porque me den miedo) y ahí sí que toco ya el claxon. Suavemente, para no asustarlas y para no oír lo que piensan de quienes sólo vamos a lo nuestro. Luego las saludo con la mano y sigo. Total, que las cuatro y diez, sesenta y tres señoras saludadas y yo sin aparcar. Entonces he visto una plaza enorme en un sitio de carga y descarga hasta las cinco de la tarde, justo en la puerta de un bar de toda la vida, con sus tapas de toda la vida, a precios de toda la vida y bien despachás. Que los gastrobares me encantan, pero es que en la zona de la Alameda de Sevilla y alrededores no queda casi ningún sitio donde tomarte un solomillo al whisky, un flamenquín o una pavía de bacalao y no tener que financiar la dolorosa en cómodos plazos. Total, que me digo, pues hoy va a caer, Belén, ese solomillito al whisky con el que sueñas y al que no le coges el punto en tu cocina. Te lo tomas tranquilamente con una cervecita, vigilas el coche y, cuanto te des cuenta, son las cinco y estará bien aparcado. Y allá que voy y tomo feliz posesión de la única mesa libre que quedaba a pesar de la hora, justo al lado de otra mesa que ocupaban un padre joven (treinta y pocos), hippie pero bien, con sus dos niñas, de hippies bastante menos, de unos tres y cinco años. Me pido la cerveza y mi solomillito y empiezan las niñas (de haber empezado antes, me largo sin pedir) a gritar y a pegar golpes con sendos paraguas monísimos  (hoy ha chispeado) contra la pared. Tomaban impulso hacia atrás (exactamente contra mi persona) para saltar más alto y golpear fuerte con los paraguas contra un azulejo de manzanilla La Gitana precioso y antiquísimo que había en la pared.
- No molestéis a la señora, que le podéis hacer daño. Les dice el padre hippie y modernito, con el mismo énfasis que pondría en dar instrucciones a un caracol.
- ¡Por Dios! ¡No se preocupe por mi! Pero haga algo por el azulejo, ¿no ve que está firmado y todo?
Yo creí que lo había gritado de viva voz, pero se ve que la naturaleza es sabia y te contiene, y sólo lo grité dentro de mi cabeza. Menos mal, que me veo comiendo dos paraguas de aperitivo en vez de los piquitos de pan.
Pues las niñas dale que te pego, que si no dieron treinta veces en el azulejo (y fuerza que tenían las canijas) y treinta en mi hombro izquierdo, no dieron ninguna.
- ¡Chicas, es que no entiendo que tengáis que golpear la pared! ¡Parad de una vez!
Aquí volví a recuperar un poco de confianza en el padre, menos mal.
- ¡Que os podéis hacer daño!
- ¿Daño? ¿Estas alimañas? Pregunté yo. Menos mal que, una vez más, no me salió la voz y lo pregunté sólo en mi vida interior.
A estas alturas mi cerveza estaba ya calentorra y me estaba tomando mi única tapita con la misma alegría y tranquilidad que uno siente (no lo he vivido, pero me lo puedo figurar) cuando le conducen al cadalso mientras suena la marcha Radetzky por megafonía. Eso sí, mi coche bien vigiladito que lo tenía. Esas niñas que no han cotizado en la vida, que espero que nadie les regale una mascota jamás, que han nacido para ser piquetes contra los huelguistas, esas niñas, digo, se habían pedido ya cinco tapas para picotear una chispita de cada una y llenar de babas, gurruños de servilletas y cocacolas derramadas (de nuevo los paraguas) los platos enteros. Y cuatro más que se pidieron luego y paraguazo va y paraguazo viene. Y las tiernas infantes, que listas sí que eran, se dieron entonces cuenta de que si los abrían, me podían meter una varilla en el ojo y sacarme una lentilla como sin querer. Y lo consiguió la más alta. Yo le quité la salsa al whisky con saliva y me la puse otra vez, que tengo seis dioptrías largas y a ver cómo encuentro mi casa. De haber podido articular palabra, le habría pedido un vaso de agua para enjuagarla al camarero (que, por cierto, me trataba fatal, a mí y a todo el mundo, pero era porque las niñas le daban en los tobillos con los paraguas cada vez que salía a atender alguna mesa y estaba el pobre estresaíto perdido) que yo no soy tan desahogada con la higiene, pero es que estaba rota por dentro.
- Venga, chicas, portaos bien que va a llegar mamá, que tiene muchas ganas de veros.
- Imposible, dije yo. (Para mis adentros, claro).
- ¿Y cuándo viene mamá?
- Pronto, pronto, está llegando. Venga, vamos a llamar a la abuela mientras. Os ponéis vosotras y le decid que venga esta tarde a casa. ¡Venga, sí, tortura psicológica con la abuela, chicas!
- ¡No, por Dios! ¡A la abuela no, que las personas mayores tienen sus cosas y le puede pasar algo! Chillé yo en silencio desde el fondo de mi alma.
Cuando llega la madre (la abuela creo que había desconectado el teléfono), veo que es tan neo-hippie y modernita como el padre y de la misma edad. Y que se ponen a ver los cuatro juntos unos vídeos en el móvil a todo volumen. Varios vídeos de risas histéricas que los cuatro celebraban con risas histéricas. Invitaron a las niñas a que siguieran maltratando el azulejo  y mi hombro (¿qué le importo yo a nadie?) y se pusieron a charlar de sus cosas. Resulta que ella era profesora de secundaria y el formador de algo, de qué, no llegué a enterarme, pero de personas. ¡Personas con derechos humanos! ¡Esos dos!
- Educadamente -le habla el padre a la mayor- vas al camarero y le dices: por favor, ¿nos puede traer un batido de chocolate con dos cañitas?
Las niñas, como dos centellas, paraguas en alto, entran en el bar.
- ¡Crack, crack!
- ¡Ay, ay!
- Ji, ji, ji. ¡Pobre camarero! Dice la profesora de secundaria.
Si os estáis preguntando cómo me quedé tanto tiempo, la respuesta es que no me quedé mucho tiempo. A las cuatro y media no podía más, aunque según mis planes iniciales tendría que haber vigilado mi coche esa media horita que me quedaba con un café. Ni loca, así que entré y pedí la cuenta. El camarero me miró como diciendo, feliz tú que puedes.
- Perdone, tengo el coche en la puerta, ¿no habrá problema con la carga y descarga por media hora, verdad?
- ¿Qué no? ¡Lo raro sería que no la hayan multado ya! Ahora los municipales no multan a pie de coche, van montados en el suyo haciendo fotos y luego la multa le llega por correo. A mí, la semana pasada, me llegaron dos.
Cuatro parroquianos de la barra me aseguran que sí, sin exagerar, ellos tenían también unas cuantas en la mesita de la entrada que hay en todas las casas.
Me puse las gafas de sol para que no se notara que estaba llorando, cogí mi coche y lo aparqué en un momento a setenta metros de mi casa, previo pago de un euro a un gorilla que hay nuevo desde hoy. Que no se habrá enterado que uno de los muchos impuestos que pago es precisamente para poder aparcar en la calle.
Cuando he llegado a casa, le he dado un beso a mi gato, le he puesto su latita y, en vez de café, he ido a prepararme una tila doble. Como no tenía, he rotulado (por la cosa de la autosugestión) dos bolsitas de menta-poleo que, además de digestivas, digo yo que bien podrán ser también algo relajantes. Cuando he ido a calentar el agua (ni tengo microondas, ni lo quiero) he podido comprobar en mis carnes que me he quedado sin cocina y sin horno. No sé que ha pasado; el café me lo hice sin problema esta mañana. Pero como cuando digo que sí, es que sí, el agua la he calentado moviendo un palito a velocidad cuchara hasta que se me ha partido el codo y me ha dado un tirón el hombro. He cogido a Marco Aurelio para tener una charla de tú a tú con él y me he tomado la tila doble (estaba fría).

Si en muuuuuucho tiempo no cuelgo ninguna receta de las de verdad, es que la avería era muuuuuuuy cara y tendré que ahorrar para comprarlo todo nuevo. De financiarlo, me olvido, que hasta antes de ayer, como los ricos se lo creen todo, hablaba directamente con Isidoro y ya está, pero los empleados son gente como tú y como yo, con muchos tiros dados y es verme llegar y reírse en mi cara y hacerme chufla enrollando los impresos de: suplico me lo aplacen sin intereses. Pero no os preocupéis, que tengo un queso estupendo para abrir, con premios y todo (gracias mami), muchas latas de conserva y muy poca vergüenza.
¡Gracias por aguantarme!

P.S.: Hermanas, no os preocupéis por mi. El resto del día ha ido bien.

6 comentarios:

  1. jajajaj bueno mía, este fin de semana te vienes a casa a comer algo calentito. ¿Has mirado que no se te haya caído el fusible de la cocina y el horno? Lo mismo ha saltado la palanquita...

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    1. Mía, es lo primero que he mirado. Ahí tenía todas mis esperanzas. Me he tirado al suelo de la cocina para mirar debajo (menos mal que limpié el sábado a fondo) y se ve un poquito de un cable gordo. Ojalá sea Billy, que haya tirado de él. Invitación aceptada. Gracias!

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  2. No se si reír o llorar, pobre hermana!!!! La menta poleo... una de las infusiones favorita mía. De verdad que estas bien??? un beso mana!!!

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    1. Gracias, mía! Ayer le dije a Billy: si has sido tú, no pasa nada, pero dímelo. Mueve una oreja o las dos para hacerme saber que has soltado el cable y me quedo tranquila. Y movió clarísimamente la izquierda, pero vete a saber si fue casualidad! Besitos.

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  3. Belen no se cual es el motivo, pero me gustaría que leyeras esto: http://detapasporsevillayotrascosillas.blogspot.com.es/2013/03/16-minutos-veinte-segundos.html

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    1. Te he releído encantada y contestado en tu blog. Yo también disfruto mucho de la música en el coche, pero tengo la superstición de que no encontraré aparcamiento fácilmente si voy disfrutando, de modo que apago la radio para aparcar. Una vida: mil chuminás. Daría para un post. Je, je. Gracias, siempre.

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