martes, 3 de febrero de 2015

El huevo frito perfecto

De existir una cárcel para quienes más que hacer fotos las perpetramos, ahí tendría que sufrir condena hasta aprender a hacerlas quien yo me sé y quien esto firma. No las miréis más de dos segundos, por favor, olvidadlas si podéis, pero creedme: esta receta es para que me perdonéis la desidia de los últimos tiempos. Lo merece. Y yo también.


Punto 1: La memoria. El olvido. Los neurocientíficos y yo no sabemos aún gran cosa sobre la naturaleza de estos dos opuestos y lo poco que sabemos es ficción. Por ir haciendo bibliografía, más que nada. ¿Cómo funcionan? ¿Por qué? Quisiéramos preservar de la amnesia tantos recuerdos, datos o sucesos... Pero no depende de nosotros. En cambio, la cosa más absurda, más trivial, puede defenderse por sí sola de las llamas del olvido sin razón aparente. Importante o fútil, da igual. Una parte de lo vivido y aprendido para olvidar, otra para guardar. Y ya está, sin razón ni motivo; tan eximente como cruel.

Punto 2: Debía tener nueve o diez años cuando vi a Concha Velasco con Elena Santonja en aquel programa que se llamaba Con las manos en la masa. Concha hizo estos huevos fritos y yo nunca los olvidé. ¿Porqué? Enigma. Misterio. Llevo más de treinta años pensando, alguna que otra vez, en estos huevos fritos. Si lo pienso detenidamente me da tanta risa como escalofríos. 

Punto 3: Por fin, este invierno, me atreví con ellos. ¿Que si mereció la pena? De sobras, ya lo creo.

Punto 4: Los humildísimos ingredientes.
Una rebanada de pan del día anterior por comensal. 
Una yema de huevo por comensal.
La clara de un huevo da para tres comensales.
Aceite de oliva.
No le pongo ni sal. Con eso lo digo todo.

Punto 5: Procedimiento.
Cortamos una rebanada de pan como de dos dedos por comensal. Dos dedos delicados y finos, se entiende. Retiramos del centro la miga para hacer un hoyito que dé cobijo a la yema, no mayor. Separamos las yemas de las claras y las vamos depositando con cariño en el hoyito del pan. Ya he dicho antes que con una clara tendremos para tres huevos. Con el resto, vosotros mismos (creo que mezcladas con no sé qué se hacen unas mascarillas faciales estupendas). Ahora viene lo más tedioso si vuestras varillas de montar no son eléctricas, como no lo es la mía. Montamos la clara a punto de nieve hasta que nos parezca que el brazo no es nuestro. O que sí lo es, pero nos gustaría malvenderlo. Hay un momento que parece que no subirá, pero es falta de fe; subir siempre sube. Con una cuchara cubrimos la superficie de las rebanadas con la clara y esperamos a tener el aceite bien caliente para freirlas de una en una. Con la ayuda de una cuchara vamos cogiendo aceite de la sartén y lo vamos vertiendo sobre la clara. Veréis qué bonito. 



Punto 6: Servir, disfrutar, aceptar los aplausos. Se merecen. El sabor de la yema íntegro, íntegra su cantidad, ni un ápice se cuece ni se pierde. Comer por primera vez la clara, el triunfo de la clara, esa otrora tontorrona. El pan frito de la infancia, ese dios. Huevo frito perfecto, prodigioso, el huevo frito de los milagros, a nuestra edad. 

Punto 7: Se marida con un buen vino. Hoy no se lee. No hace falta.


6 comentarios:

  1. Los probé en tu casa y ya los he hecho. ¡Un éxito!! Muy buenos Belén, besito!!

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    1. Si no fuera por montar la clara....¡los comería a diario! Besitos.

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  2. muy buena pinta, seguro que este fin de semana lo hago.
    Me alegro que hayas vuelto, donde estabas escondida??

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    1. Tú también estabas perdidizos, ¿eh?. Yo estaba vigilando la fábrica de Chotaza. Muchos besos, mía?

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  3. Con ocho días de retraso lo acabo de leer, no se porqué extraña circunstancia he pensado que desde "el puchero" de Montse y tu "sopa alpujarreña con andrajos" no había entradas de por medio y me las había perdido. Hoy me he dado cuenta al volver a vuestra página para fusilar la receta de costillas de Montse (que en estos momentos estoy haciendo). Me parece genial elplato, yo también recuerdo el programa de Elena Santoja, con esa música de Vinica Doble que me encanta. Si un día de armo de paciencia o convenzo a mi mujer para que bata la clara me lanzó de cabeza. ¡Que me gusta que vuelvas con esos ánimos!. Un beso de un furibundioso admirador

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